Borrador de Roberto Bolaño

En la magna novela 2666 (2004) —en realidad, cinco más o menos independientes— se notan los distintos estadios de redacción, la fatiga del narrador, la prisa o desinterés, los párrafos que son más apresurados, más secos o redundantes. Pero estas objeciones de estilo pueden convertirse para algunos en virtudes. Borges ya denunciaba la superstición contra la página perfecta, aquella en la que ninguna coma puede ser removida sin alterarla irremisiblemente. Y Borges es en la narrativa el centro para Bolaño, como lo es Nicanor Parra en la poesía latinoamericana.
Si por un lado como Kafka o Benjamín, Bolaño reivindica el aura de las obras incompletas y nos retrae a la figura del poeta romántico, vanguardista o rock star, en el que su performance cotidiano constituye su “persona literatura” –aunque a sus entrevistas no hay que creerles demasiado—, Bolaño se apropia voraz de un Canon que podríamos llamar clásico –de Virgilio a Joyce, de Flavio Josefo a Manuel Maples Arce—y consagra a la literatura, al binomio escritura/lectura con preferencia al segundo, el único topus amenus posible. Estrategia estética del Modernism –y de la Modernidad en la cual mantiene un pie, a despecho de lo que otros digan—, la apelación al Canon es una constante en Bolaño. Para otros es la infancia, para Bolaño es la juventud en la Ciudad de México, su periodo de formación intelectual, aquel pasado al que se regresa a la búsqueda del origen del Canon personal. Alrededor de ese tópico Bolaño construye una literatura –para él, conjunción de pose y escritura—, que a pesar de su categórica materialidad se nos escapa, como el escritor Benno Von Archimboldi a “los críticos” de 2666 en un tiradero en tierra de nadie.
Para hablar sobre la novela Vivian Abenshushan propone la idea de una “poética de la inconclusión”. En un nivel meramente anecdótico, nunca sabremos cuál hubiera sido su forma final, acabada o sancionada por el definitivo punto final, como sí ocurrió con Los detectives salvajes (1998). Pero antes de levantar mayores griteríos, Ignacio Echevarría, sumo sacerdote y hermeneuta, nos tranquiliza al asentar en la “Nota a la primera edición” (página 1121) que “la novela se aproxima mucho al objetivo que él se trazó, [pues] él mismo declaraba estar cerca del final”. No dudemos de Echevarría, amigo cercano de Bolaño, no tengamos escrúpulos poco piadosos; en verdad, no recuerdo que nadie se haya lanzado en contra del crítico Echevarría, y yo no pretendo hacerlo. Pero si el que Bolaño no haya sido muy ducho en cuestiones prácticas (Echevarría dixit) puede ser un argumento plausible en términos editoriales, la decisión de publicar una novela –o varias entonces— bajo marcos de lectura ajenos a la intención inicial no deja de tener consecuencias estéticas relevantes. Indudable es que existen líneas, hilos, que anudan las cinco partes de 2666: recurrencia de argumentos, personajes y lugares, lo que también es válido para buena parte de su novelística y de su poesía.




