Ser o no ser… funcionario de casilla


Una tarde de 2006 llegó una capacitadora del IFE a mi casa a anunciarme muy feliz: ¡Felicidades, has sido seleccionada para ser funcionario de casilla! No supe qué decir, qué pensar, cómo reaccionar. La capacitadora me pidió, casi rogó, que aceptara el nombramiento de presidente de casilla pues varias personas le habían cancelado o sólo “le entraban” a la casilla con un cargo menor.

Dije que sí, aunque no sabía de qué se trataba. Y dije que sí porque participaría en las elecciones presidenciales y locales de mi país, ¡cómo no le iba a entrar! Mi deber ciudadano me llamaba.

Recibí la capacitación en una escuela secundaria un sábado al mediodía. Me explicaron que mi nombramiento era el más importante, era la persona encargada de recibir a los ciudadanos a la entrada de la casilla asignada, debía darles la bienvenida, revisarles su credencial del IFE, que estuviera actualizada y verificar que la foto coincidiera con la persona que la portaba. Eso en primera instancia.

Durante la jornada electoral, el presidente de casilla toma decisiones importantes, como cerrar la elección, en caso de incidentes violentos por parte de personas afiliadas a un grupo político que intentaran hacer proselitismo o llamar alguna patrulla ante la presencia del clásico borrachito. El presidente de casilla se encarga de recibir la papelería electoral: mamparas, urnas (existe una urna especial para discapacitados), tintas, blocs de papeletas, crayolas, etc. Los capacitadores nos explicaron que no faltaría el chistoso que votaría por “Cantinflas” o algún personaje popular mexicano en el recuadro en blanco en un extremo de las papeletas, un espacio destinado a Víctor González Torres, el Dr. Simi (explicación textual de una de las capacitadoras).

El día de las elecciones llegó. La cita era a las 8 de la mañana en punto. Ya había gente formada, sobre todo taxistas que ya se iban a trabajar. Me puse muy nerviosa y mis compañeros funcionarios también, sobre todo cuando la gente comenzó a gritarnos “inútiles” ante nuestra falta de pericia con las mamparas, la colocación estratégica de las mesas y la papelería. Por supuesto que ya me había arrepentido y quería echar a correr a mi casa, pero era demasiado tarde para eso.

Comenzamos las votaciones después de las 8 de la mañana. Hubo toda clase de votantes, la mayoría amables y cooperativos con la jornada. Un señor llegó preguntando a todo pulmón: “¿aquí se vota por López-Obrador?” Como funcionario de casilla no puedes hacer ninguna alusión a los candidatos o partidos, debes ser neutral. Me daban muchas ganas de decir que sí, pero sólo alcancé a explicarle: “Pásele a votar”.

Se debe tener cuidado con los representantes de los partidos políticos, quienes no deben tener injerencia en la jornada, a veces quieren ver cosas que no existen y entorpecen la labor de los funcionarios. En mi casilla, afortunadamente no hubo incidentes, sólo el representante del PRD que secundó a una señora, que para mi mala suerte, llegó cuando apenas le deba la primera mordida a una hamburguesa que mandó el IFE para la comida. La señora se indignó al verme comer y no me permitió que le diera la bienvenida.

No faltó el votante insolente: un joven no pudo emitir su voto porque no se encontraba en el padrón del IFE. Ante esos casos, se deben tomar los datos completos y regresar la credencial. El joven se fue muy molesto por haberle tomado sus datos. Una vecina se acercó a mí y me dijo casi en secreto: él ya no vive aquí desde hace mucho.

Sin embargo, y pese a los incidentes, es satisfactorio ver a los ciudadanos votar: personas de la tercera edad que apenas pueden caminar pero que cumplen con su deber ciudadano, las mamis cargando a sus pequeños para que estos coloquen el voto en las urnas, los vecinos saludándose con gusto y cuando se miran y muestran el “debo (pulgar) pintado”.

La casilla se cerró a las 6 de la tarde en punto. El presidente debe fijarse en los extremos de la calle, que no venga ningún ciudadano demorado a votar. Si no lo hay, se clausura la casilla y se comienza a contar los votos. Tuve la fortuna de tener como escrutadora a una contadora, buenísima en las cuentas, y no hubo gran problema a la hora de cerrar el portafolio con la paquetería electoral. En mi casilla ganó el candidato del PRD.

Un buen amigo mío me acompañó a dejar la papelería a la oficina del IFE correspondiente. Fue muy buena la organización por parte del Instituto, hasta transporte gratuito hubo para los presidentes de casilla. Entregué el portafolio y mi corazón de mexicana a las autoridades electorales.

Una vez en mi casa, con una hamburguesa en el estómago, cansada pero muy satisfecha, me fui directamente a dormir.

Al llegar a mi trabajo, lo primero que pregunté fue: “¿quién ganó?”. Una compañera contestó: “no hay ganador todavía”, “¿pero cómo, si en mi casilla ganó tal partido y entregué a tiempo la papelería?”. Me sentí defraudada, robada, por la decisión que tomó el Consejero Presidente. Los días posteriores a la jornada electoral de 2006 son historia.

Finalmente, me quedo con lo positivo y con lo aprendido como presidente de casilla ese año. ¿Lo volvería a hacer? Mentiría si dijera que sí, y también si dijera que no.

@danzoter

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2 comentarios a Ser o no ser… funcionario de casilla

  1. LUISA GONZáLEZ julio 8, 2011 en 10:08 am

    Ma. Dolores: puedes utilizar el texto. Saludos y gracias por leerlo.

    Responder
  2. MARíA DOLORES julio 7, 2011 en 4:22 pm

    Buen día!! Me gustaria saber si puedo utilizar su texto en las platicas que damos para sensibilizar a la gente y que participen como funcionarios de casilla. GRACIAS

    Responder

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