Literatura comprometida para el siglo XXI*

Mario Benedetti, uno de los escritores latinoamericanos más comprometidos con el bienestar del pueblo y con la intervención del escritor en una revolución posible, señalaba que “en un país subdesarrollado donde el hambre y las epidemias hacen estragos, donde la represión, la corrupción y el agio no son un elemento folklórico, sino la agobiante realidad de todos los días, proponer el refugio en la Palabra, hacer de la Palabra una isla donde el escritor debe atrincherarse y meditar, es también una propuesta social. Atrincherarse en la Palabra viene entonces a significar algo así como darle la espalda a la realidad; hacerse fuerte en la Palabra, es hacerse débil en el contorno”.1
No era éste el primer ensayo donde apuntaba la responsabilidad social del escritor, sino que en él describía la nueva realidad de los autores en un continente que comenzaba a convulsionarse debido a cruentas dictaduras, golpes de Estado y guerrillas. Era el año de 1968 y en todo el mundo, además, comenzaban los movimientos que mucho tiempo después darían paso a las naciones democráticas.
En ese momento, ante la falta de libertades sociales, el escritor retomó su papel de intelectual muy al estilo de los franceses de los siglos XIX y XX, es decir, aquellos que ocupaban el lugar de la conciencia de la sociedad y que al ser figuras públicas bien informadas podían atreverse a alzar la voz en contra del poder, pues cualquier agresión hacia ellos sería difundida por algunos arriesgados medios de comunicación o por esos grupos de artistas que también tenían la capacidad de denunciar estos atentados.
Así, la función de estos intelectuales era comprender la problemática del pueblo y hacerla visible para los poderosos, para que a fuerzas de escuchar dichas denuncias, se ocuparan de ello y el pueblo saliera beneficiado. Era, por decirlo de algún modo, ser parte de la revolución que permitiría la igualdad del pueblo liberado. De ahí que Fidel Castro, años antes, en 1961, les indicara el camino en sus Palabras a los intelectuales, en donde incluía a estos entre sus camaradas: “Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo y siempre el pueblo. El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel […] Para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellas (las clases oprimidas y explotadas del pueblo); para nosotros será noble, será bello y será útil todo lo que sea noble, sea bello y sea útil para ellas”.2
Hace 50 años de eso y pareciera que no ha pasado el tiempo, que las geografías y los ciudadanos no se han transformado, que hoy el pueblo, por usar aquel término, aún requiere de un guía y de una voz.
Sin embargo, este papel que el escritor se autoatribuye me parece incongruente con las libertades de las que hoy gozan los ciudadanos. Es decir, si bien en los años de las dictaduras y de los gobiernos antidemocráticos era necesario que el escritor mantuviera cierta tensión con la sociedad y el Estado, y protestara contra la arbitrariedad y criticara la inhumanidad, tal como decía Rafael Gutiérrez Girardot,3 ahora esta lucha se asemeja mucho más a ese personaje que burlonamente Pío Baroja definía como aquel que “está dispuesto siempre a firmar protestas”.4 ¿Por qué? Porque hoy esa protesta luce como una forma de mostrarse políticamente correcto y socialmente comprometido. Nada más.
Este rol, del escritor-intelectual, del escritor comprometido, dejó de ser útil cuando el ciudadano se apropió de algunos espacios de comunicación (sea mediante el derecho de réplica o gracias a entrevistas de periodistas que han abierto su ejercicio profesional a posturas contrarias a los intereses del poder). Asimismo, la existencia y uso masivo de internet y las redes sociales ha permitido que las denuncias de seres anónimos o nicknames sean tan influyentes como las de los personajes públicos. En la actualidad un tweet, un posteo o un correo cadena puede contribuir a una causa tanto o más que un desplegado en un periódico y muestra de ello son los recientes movimientos difundidos por estos medios: el que pedía la liberación de Mariel Solís, la estudiante de la UNAM injustamente involucrada en un asesinato, o las marchas y protestas que impidieron que se subieran los impuestos a los servicios de Internet, por citar sólo dos.
Hoy una carta de intelectuales puede tener injerencia en la toma de políticas públicas, pero también ejercen presión diversos grupos desde las redes sociales. El escritor volvió, quizá a la fuerza, a ser una isla, a estar en esa torre de cristal en donde sólo le importaba el lenguaje y la escritura, la Palabra, como decía Benedetti, pero tal vez no sea malo, pues afuera, alzando la voz, están los ciudadanos.
II
En “La letra y el cetro”, Octavio Paz apuntaba que la historia de la literatura moderna es la historia de una larga pasión desdichada por la política. “De Coleridge a Mayakovski, la Revolución ha sido la gran Diosa, la Amada eterna y la gran Puta de poetas y novelistas. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragon, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos”.5 Entonces, ¿qué debe hacer el escritor? ¿Encerrarse en su torre de cristal, ser esa isla que tanto se le ha echado en cara a aquellos que prefieren la “literatura pura” en lugar de la “literatura comprometida”?
Creo que la solución la plantea nuestro entorno: el escritor debe dedicarse a escribir su literatura y, por otro lado, comprometerse con sus causas e ideales pero en el papel de ciudadano. Ya lo decía Pierre Drieu La Rochelle: “el escritor no necesita, para servir los grandes intereses sociales que se agitan siempre en su pecho a la vez que los demás intereses humanos, entrar en la política”.6
Una ligera revisión de los libros escritos durante el boom latinoamericano y que hoy todavía tienen cabida en las librerías nos podría mostrar qué prefirieron los lectores (pongo este ejemplo, pues muchos de estos escritores apostaron por la literatura comprometida): en las estanterías podemos encontrar los cuentos y la Rayuela de Cortázar, en lugar de Fantomas contra los vampiros multinacionales o Nicaragua tan violentamente dulce; La tregua y los poemas de amor de Mario Benedetti; Cien años de soledad… Quizá Miguel Ángel Asturias, y su Señor presidente, así como la trilogía paraguaya de Augusto Roa Bastos sean la excepción. Pero, pareciera que estos son libros que más que apostar por un pensamiento político, por un ideal de sociedad, están encallados en las obsesiones de sus autores, en ese buscar el alma de su pueblo en sus gestas heroicas, en sus traumas nacionales, pero no en realizar una radiografía o una denuncia del entorno político o social.
Muchas de las obras que han llegado a nuestros días lo han hecho debido a que tras ellas hay una búsqueda más allá del devenir social, del compromiso de sus autores con las causas nobles o innobles, a pesar de que incluso sus autores tuvieran posturas censurables. Por ejemplo, considero ilógico dejar de leer al Premio Nobel Knut Hamsun debido a que en algún momento apoyó a los alemanes durante la guerra mundial, pues en sus libros nos habla del hombre, pero no de sus filias autorales.
La literatura, y este es mi punto, se debe únicamente a la literatura. Puede que exista algún tipo de literatura que esté comprometida con la sociedad, sin embargo no por ello es mejor que la llamada “literatura pura”. Una y otra se nutren entre sí, y cuando logran compaginarse de manera exacta, la obra perdura aun cuando el entorno haya cambiado y la denuncia haya encontrado una solución. Por eso hoy podemos leer algunos cuentos de Rulfo y disfrutarlos más allá de si los campesinos lograron o no que les dieran la tierra.
La literatura se debe a sí misma y por eso es tan valiosa la experimentación verbal de Daniel Sada, como la estructura narrativa de William Faulkner. Sin embargo, esto no le resta valor a algunos textos de Camus, pienso en particular en La peste, ni a los libros de autores cubanos que han hablado de la isla desde el exilio.
Hoy, cuando la literatura al fin se ha logrado sacudir al autor, ese molesto ser tras ella que muchas veces la ataba a creencias que en sí misma no tenía, puede gozar de libertad y apostar por estar en una torre de cristal o convertirse en una isla. Si el autor quiere hacer política, si quiere comprometerse, puede hacerlo a través del periodismo, de su activismo, pero ya no es necesario que envilezca a la literatura para ser escuchado.
Dos ejemplos de ello son las obras de jóvenes narradores como Yuri Herrera o Alejandro Zambra. Herrera, en su libro Señales que precederán el fin del mundo habla de las nuevas fronteras que delimitan al hombre (al menos así quiero entenderlo yo) y aunque en su recorrido hay algunos elementos que nos pueden parecer referenciales a la realidad, no es necesario comprenderlos para disfrutar la historia que el hidalguense nos narra. Es así como la ficción se impone al compromiso de Yuri Herrera por mostrar su mundo (más allá de si él se ha planteado este compromiso).
Por otra parte, los libros de Alejandro Zambra, si bien narran la realidad chilena también cuentan una historia que va más allá del pasado político de este país. Es decir, para leer La vida privada de los árboles, por ejemplo, no requerimos ser chilenos y tener el contexto de las desapariciones forzadas que se vivieron en los setenta, pues la anécdota, la historia narrada, es autónoma a esta situación, sin que por esto deje de mostrar algunos visos que refieren estos hechos vistos en perspectiva.
Es decir, estos autores apuestan por la literatura; aunque en su vida diaria tengan una postura política bien definida: el mexicano se muestra en desacuerdo con muchas de las políticas gubernamentales actuales, mientras el chileno fue de los primeros en criticar la llegada de Sebastián Piñera a la presidencia de aquel país.
De esta forma, pienso que la literatura en este nuevo siglo ha dejado la adolescencia en que vivía y ahora le corresponde valerse por sí misma. Es decir, ha dejado de ser el hijo que el autor podía dirigir hacia donde sus intereses le indicaban. Ha crecido y también puede abandonar ya esas provocaciones adolescentes que sufrió a finales de los noventa y principios de este siglo: esa recurrencia por el vacío, por la hiperviolencia, por la decadencia del hombre, por estar en contra de lo que la sociedad era. Ahora, en este siglo XXI, puede asumirse como tal y vivir sólo por ella: buscar en el alma del hombre, regodearse en sus palabras, experimentar al tiempo que retoma la tradición pero crea nuevos caminos que sólo a ella le sean funcionales.
Si hoy la literatura al fin es adulta, creo que tiene la responsabilidad de empezar a escuchar su propia voz y disfrutar de esa libertad; ya no necesita demostrar que es válida sólo en la medida que aporte para cambiar el mundo (social o políticamente), ya no necesita esconder sus manías, sus defectos, sus caprichos. Ahora la literatura tiene la única responsabilidad de provocar la imaginación del lector, de llevarlo a conocer mundos novedosos aún cuando la tecnología le descubre muchos otros a diario; hoy el reto que debe asumir es el de maravillar a un lector que ya no se maravilla fácilmente, pero sobre todo, tiene el deber de honrar a su nombre, es decir, la literatura se caracteriza por el bien escribir, por el abonar la imaginación, por ser un arte que utilice como medio la lengua y el lenguaje. Entonces, apostemos por eso, que al fin el escritor, el autor, deberá aceptar su segundo plano en este nuevo juego en donde lo importante será conseguir que un lector tome un libro o un e-book al tiempo que también disfruta de un videojuego. No es que el escritor deba vivir fuera de su siglo, pero la política, el compromiso social, dejémoslo a los ciudadanos (el autor incluido). Dejemos que la literatura se valga por sí misma y responda sólo a sus intereses, pues en cuanto a la ideología del autor y su afán por imponerla debemos hacer caso a Pierre Drieu La Rochelle, quien decía que “si no somos más que literatos: ¿cómo pueden los hombres tomar en serio nuestras palabras”.7
Referencias
1. Benedetti, Mario (1978), El escritor latinoamericano y la revolución posible, 2ª ed., México, Editorial Nueva Imagen, pág. 56.
2. Castro, Fidel, “Palabras a los intelectuales”, citado por Mario Benedetti (1978), en El escritor latinoamericano y la revolución posible, 2ª ed., México, Editorial Nueva Imagen, pág. 19.
3. Gutiérrez Girardot, Rafael (2006), Pensamiento hispanoamericano, México, UNAM, pág. 89.
4. Baroja, Pío, Obras completas, citado por Rafael Gutiérrez Girardot (2006) en Pensamiento hispanoamericano, México, UNAM, págs. 87-88.
5. Paz, Octavio (2001), “La letra y el cetro” en Sueño en libertad. Escritos políticos, México, Seix Barral, págs. 317-318.
6. La Rochelle, Pierre Drieu (1978), El escritor político, Buenos Aires, Letra cierta, pág. 29.
7. Citado en De la Concha, Gerardo (2005), Los réprobos y los devotos, México, UNAM, pág. 19.
*Texto leído durante el III Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, Monterrey, 11 a 13 de agosto de 2011.







