La diversidad sexual y los niños

¿Cómo hablamos de la diversidad sexual con los niños? preguntó el doctor Luis Perelman durante la tercera Jornada Cultural de la Diversidad Sexual en la mesa “Nosotros también somos familia. Comenzó con algunas preguntas: ¿Qué palabras utilizamos para hablar de diversidad sexual? Palabras que sean sinónimos de homosexualidad, las que sabemos culturalmente, en el auditorio se escuchó: gay, mampo, lencha, queer, machorra, transgresor, puto, joto, desviado, maricón, puñal, tortillera, enfermo, vestida, loca, le gusta el arroz con popote, le gusta la coca cola hervida, patea por la tercera, patea chueco.

Conocemos estas palabras porque las aprendimos desde niños y las escuchamos en la casa, la escuela, la calle, la tele y la iglesia, y casi todas las que refieren a la diversidad sexual son negativas (más del 95%).

Según algunas investigaciones, los niños comienzan a darse cuenta de quién les mueve a los 10 años, como a los 11 integran que eso que sienten significa que le gustan las mujeres o los hombres, y a los 13 o 14 empiezan a tener experiencias (heterosexual u homosexual), esto es en promedio. Antes se creía (y aún algunos lo creen) que los homosexuales eran los que se desviaron del camino, porque era a los 18 años cuando salían del clóset y como se hicieron homosexuales la “lógica” dice que pueden evitarlo, la sociedad hará todo lo posible para enderezarlos.

El Dr. Perelman afirma que debido a estas creencias no se le habla a los niños sobre el tema, no podemos decirles que a un hombre le puede gustar otro hombre, eso es transgresor para ellos. La sociedad cree que si ya no pudieron hacer nada por los jóvenes o adultos que se asumen como homosexuales o lesbianas, al menos pueden llevar por un camino “derecho” a los niños de hoy. Lo que si podemos enseñarles son imágenes de violencia, guerra y sangre, descuartizados, colgados en los medios, pero no podemos hablar de gente que se ama y que son del mismo sexo. Pretenden proteger a los niños de esos “jotos que quieren abusar de los niños y desviarlos.
Se han logrado algunas cosas: ser reconocidos por la ley en un matrimonio, el paso de sociedades en convivencia a bodas gay, y ahora ya tienen el derecho a adoptar.
Es muy fácil expresarse con palabras ofensivas, por ejemplo cuando los padres acuden al estadio a ver un partido de futbol con sus hijos y lo primero que aprenden es que cuando el portero contrario despeja debe gritar ¡puto! (Final de futbol sub 17, México-Uruguay) y en la escuela si un compañero suyo es afeminado sabe que todos le dirán ¡maricón!

¿Qué sucederá cuando uno de esos niños se entere que su compañerito de escuela tiene dos mamás o 2 papás? ¿Le dirá que sus papás son putos?
¿Y si a su mejor amigo le gusta jugar con muñecas? Seguramente dejará de juntarse con él porque su papá le ha dicho que eso no es de hombres, quizás ya hablando de un preadolescente, ha oído que “eso” se pega, así que preferirá alejarse de esas “malas compañías” porque a él no le falla la reversa, es el lenguaje que aprendió.

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2 comentarios a La diversidad sexual y los niños

  1. EDAHENA octubre 2, 2011 en 4:20 pm

    Cuando somos niños y aun de adultos aprendemos miles de expresiones semejantes a puto, puta, guey, chido y etcétera. Me parece que conforme vamos creciendo también aprendemos, por que alguien o la experiencia nos enseñó el sentido negativo u ofensivo que estas tienen para algunos, a evitar usarlas. Así tenemos la gran tarea de aprender y enseñar a los otros que las palabras dan sentido, tu papá es tu papá, así sean dos, y el rol de la paternidad va mucho más allá de la preferencia sexual. Si a papá no le molesta que le llamen puto o maricón y así llama a su pareja, el niño, me parece, aprende que ese es el lenguaje aceptado y común y así lo repite sin ninguna mala intención, sin querer ofender. Recuerdo y comparto una anécdota de cuando era niña. Crecí prácticamente entre puros hombres (salvo mi mamá) en una especie de casa hogar para varones con lazo cosanguíneo, pero apellidos diferentes, que gustaban de decirse mil majaderías todo el tiempo y era algo natural, una forma de convivencia, en la que también yo participaba sin la menor censura a causa de mi sexo. En esa lógica, si alguien quería ir al baño (no sé por qué tendríamos que anunciarlo) los hombres decían: “voy a mear”. Con 5 ó 6 años repetí algún día lo mismo con la mayor naturalidad del mundo, y uno de mis tíos me explicó que la expresión sólo es aplicable con y entre varones, las niñas no mean. Aunque no ofendía a nadie, entendí que sencillamente no podía decir eso en ningún lugar, ni siquiera en casa, aunque para mí era lo mismo que querer hacer pipí. Ya en la escuela aprendí que decir tanta peladez alejaba a la gente realmente interesante de mí, y supongo que por eso mi lenguaje, dice un amigo de la secu, se tornó tan formal.
    En resumen, lo más hermoso de las palabras es que podemos elegir cómo emplearlas y decir, con su uso y combinación, justo lo que queremos y sentimos, pestes incluidas, como los célebres “No tienen madre”, de Nelson Vargas, y “¡Estamos hasta la madre”, de Javier Sicilia.

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  2. ANóNIMO septiembre 30, 2011 en 7:09 pm

    Es un tema bastante complejo, y más porque esta sociedad no esta informada y familiarizada con el tema, la educación, la familia, la sociedad tienen una cultura, tradiciones, ideas, pensamientos que a la fecha, la propia gente no se atreve a reconocer y ser conciente de sus propios sentimientos, sus propias necesidades, entonces imaginate ahora que tengan que enseñar y hablar sobre este tema, que si bien ignoran, pues se vuelve aún más dificil y terminan mejor por rechazandolo y fingiendo que la realidad no es así. Un texto muy interesante. felicidades.

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