En la orilla del mundo


Existe al sur, en el pacifico mexicano un lugar en dónde las horas se amontonan y pierden toda lógica, se convierten en aves de diferentes colores y revolotean entre olas y olores, en golpecitos de realidad que apenas y se percibe. Los días y las noches son lo mismo siempre, sólo cambian las hojas del calendario, se vuelve uno más viejo.
Son las 6:30 de la mañana, la alarma ha sonado con toda la intención, sé que son días de descanso, sin embargo me sé con los días contados y quiero despertar al alba, dormir al crepúsculo. Desactivo aquel sonido de despertador y me levanto, así, desnuda, como se duerme ahí, voy a la hamaca y me acuesto a sentir los primeros rayos del sol. Me siento sola. En cada movimiento mi cuerpo se hace eco con la hamaca y la figura de mis piernas estiradas y juntas comienza a abrirse en la red, extraño a un hombre, un hombre sin nombre, cualquier hombre soñador.
Los minutos desaparecen, en este lugar no hay horas, sólo existe el sol.
Me muevo de un lado a otro, frente a mí ese sonido de vaivén que tantas veces he querido guardar en una botella y traerlo conmigo siempre, como se traen las medicinas en la bolsa, o los collares al cuello. Frente a mi el mar, y su golpear constante que recuerda a toda hora que todo en la arena se ha de borrar.
Me levanto de ahí, vuelvo a mi cama que flota, sostenida con cuatro lazos pendiendo del techo y me acomodo de nuevo, muevo la tela de mosquitero que han confeccionado para alejarnos de moscos, fantasmas y realidad. Me encierro en esas paredes transparentes, de aire.
La vida aquí se detiene, no tiene ni más ni menos sentido que mis días en la ciudad de México, sólo se acomoda todo como embrujo, me siento sin sentirme. Por primera vez soy libre de mí. Me alegro.
Me visto, bajo las escaleras y salgo de “La Luna”, el sol de enero todavía no es maduro y aunque es aún muy temprano, ya comienzo a sudar a gotas. Camino por “La Secreta” la posada en la que me hospedo, que a estas alturas del año, es casi sólo para mi, los turistas de otros meses prefieren venir en días más calurosos, entonces me siento dueña de esas hamacas, de las bugambilias y el agua fría de la regadera.
Me meto a bañar, es difícil no sufrir sólo de pensar que aquí no hay agua caliente. Primero meto mi pie, luego mi pierna completa, mojo las puntas de mi cabello, cuando menos me doy cuenta ya estoy toda mojada y ya me gusta el frío. Pienso en que cuando era niña, los días que mi mamá lavaba el patio a punta de manguera yo me hacía la aparecida, enfundada en shorts y camiseta y la provocaba para que me mojara y entre risas y grititos, me empapaba toda y entonces ahí conocía sus diferentes risas y miradas para mí.
Salgo sin toalla, escurriendo subo las escaleras, vuelvo a la hamaca, tengo un romance con ella.
Más tarde salgo a caminar, me encuentro en medio de una torre de babel, idiomas diferentes se escuchan por todos lados, a pesar de ser un pueblito escondido de México, extranjeros han invertido su poco capital en construir y reconstruir pequeñas cabañas que ahora son restaurantes u hostales, a donde llegan quienes se han perdido, para contagiarse del reencuentro de quienes ya se encontraron.
De reojo nos vigila la imagen de la Virgen de Juquila, ataviada en un vestido rosa con holanes blancos, la miro y parece que me reconoce, sabe que aun no olvido que el último viaje que hice, con Amparo, mi abuelita, cuando supo que moriría pronto de cáncer, fue a su templo, a despedirse, a dar gracias, a dejar parte de su último aliento. Le sonrío. Parece que ya no me lastima el recuerdo, y que el sol y la húmedad de este lugar borra todo lo que ya se fue.
Llego a la orilla del mar, que parece la orilla del mundo como lo conozco. Algunos creen que el horizonte es el infinito, yo creo que la orilla es el final.
Parezco sacada de una película muchas veces vista: me acerco despacio al lugar donde arena y mar se hacen uno, camino por la orilla. El mar me da miedo. He soñado que las olas me llevan, que el mar se traga a mi papá. Me siento en donde las olas apenas y me rozan, escribo en la arena mi nombre, me gusta que las olas lo borren, entierro mis pies (será mejor decir “enareno” mis pies) pienso en la mar… la mar como mujer.
Me voy quitando la ropa, lejos o cerca mi cuerpo es el mismo, camino mar adentro, temo no poder respirar. Pero las olas se vuelven oxígeno y compañía, me llevan de un lado a otro, siento que son manos que me tocan, las mismas que ya no tienen dueño, son sólo manos hechas olas.
Pasan las horas, que aquí no lo son, el sol me avisa que ya casi se duerme, salgo del mar, camino con prisa, subo laderas, cruzo el panteón, camino despacio por acantilados, veo dos enormes cactus, llego a Punta Cometa. El mundo se mira otro desde aquí, no existe nada más que el sol, y el mar haciéndole una cuna. Ahí uno cree de nuevo en Dios, uno se vuelve a creer uno mismo. Me vuelvo a sentir sola, en esa soledad que ahora es más acompañada que nunca. Se detiene el tiempo, el que no existe aquí, levanto la cara, me escurren las lágrimas, las nubes me hacen compañía en silencio. Otra vez corre el reloj.

Existe al sur, en el pacifico mexicano un lugar en dónde las horas se amontonan y pierden toda lógica, se convierten en aves de diferentes colores y revolotean entre olas y olores, en golpecitos de realidad que apenas y se percibe. Los días y las noches son lo mismo siempre, sólo cambian las hojas del calendario, se vuelve uno el de antes o quizá más viejo.

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7 comentarios a En la orilla del mundo

  1. ADOLFO GALLEGOS junio 25, 2012 en 6:54 pm

    me gusto mucho y ahora tendre que ir a este paraiso espero poder tener una experiencia asi espero que compartas mas de otros lugares y provocar los deseos de visitarlos como lo haces tu

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  2. JUAN M R enero 31, 2012 en 10:37 am

    Eres un río que toma su cauce, hace años las ganas eran muchas pero las posiblidades estaban algo limitadas, ahora es distinto. Sólo no te detengas continúa. Las cosas que uno ama es necesario hacerlas grandes muy grandes. Espero más letras, más sueños más poesía de tus manos!

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  3. FEDERICO OSORIO enero 30, 2012 en 3:03 pm

    Excelente narrativa, riqueza de lenguaje pero sobre todo ritmo y cadencia en el relato. Felicidades! Quedamos en espera de nuevas aportacionesd.

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  4. SILVIA PARRAL enero 30, 2012 en 12:40 pm

    Felicidades Marianita, la mayor parte de las personas creo que hemos perdido la sensibilidad de disfrutar lo que la naturaleza nos brinda y poder expresarlo de la misma manera en que lo percibimos y sentimos como lo haz echo tú, me agradó mucho. Y déjame decirte que a orilla del mar como lo describes es exactamente la vida misma, es decir, es en donde nacen y mueren las olas; y los sueños y la vida son eso.
    Algunos sueños los realizas y otros mueren antes de cumplirse, pero si no dejamos de soñar tendremos muchos que nos mantendran vivos y la vida nos dara tantas oportunidades de vivirla y disfrutarla como queramos; así que sigue escribiendo de esa manera y goza de la naturaleza y de la vida siempre. FELICIDADES!!!!

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  5. ADRIANA LOZADA enero 30, 2012 en 12:20 pm

    Marianita, muchas gracias por compartir conmigo algo tan tuyo y tan lleno de tí, la verdad me gusto y disfrute hasta las lágrimas (soy muy sensible y lograste mover esos finos hilos de mi alma). No sabía que escribias tan bonito, no dudaba de tú sensibilidad porque denotas ser una niña muy dulce y alegre, pero si me sorprendió la forma en que percibes y describes las cosa, me hiciste volar la imaginación y por un momento sentí que estaba contigo disfrutando de “aquella orilla del mundo”. Otra vez gracias y sigue plasmando tus ideas, vivencias y sueños, la verdad lo haces muy bien y como lectora realmente me gusto y te auguro un gran futuro en ello. Suerte!!!! :)

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  6. HAGIEL enero 30, 2012 en 11:09 am

    Hermoso!!!! La claridad, la sensibilidad con que te expresas….. tocas nuestros 5 sentidos…. me haces adentrar a ese fantastico mundo que describes…. 
    Gracias por compartir tu ser!

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  7. PEPE-NAVAS enero 30, 2012 en 9:42 am

    Me gusta mucho. Lleno de contradicciones, como el mar y como la vida misma. Como tu, con una logica, y un mundo armado de forma premeditada, lleno de sabor y olor. De dulce y fresa. Me gusta como escribes, eres muy tierna: aunque sabes prefiero lo putrido y la locura. Pero eres una persona, que contempla con mucho amor la vida, lleno de melancolia, pero no por eso, infeliz. Claro que eres vieja y ese lugar, por ser lugar nomas, lo empapas de ti, lo tragas como mar y le proyectas y le pones en cada trozo de su ser, parte del tuyo, como ola lo tragas y lo haces tuyo, lo escupes y creas algo hermoso como tu. Me gustas mucho y tu escrito tambien pues eres tu, eres tu el mar y la letra, la amaca y la sombra en el suelo, eres tu el fin del horizonte y eres tu el mar. TE QUIERO HERMOSA, TU AMADO RUDO!

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