Cuando la vida es una gran especulación
A Víctor Manuel García Niño
In memoriam
Yo siempre lo vi como un ídolo.
Alguna vez se emocionó cuando yo narré una escena futbolera, pero el desenlace le pareció equivocado y se desilusionó de tal forma que levantó los brazos al cielo pidiendo perdón a la afición y al más allá. Mi torpeza narrativa le hacía perder la calma y a veces explotaba en forma violenta, su pasión por ese juego estaba por encima de la paciencia. En sus años juveniles fue una promesa en los ambientes futboleros y estuvo a un paso de firmar con un club azul de mucho prestigio, aseguraba que él era de otra dimensión, algo así como del grupo de los elegidos. En otra ocasión, me explicó cómo y por qué debía guardar prudencia en mi forma de conducir. Íbamos a Veracruz. Me hizo una lista larga de correcciones sobre como se debía manejar, decía que personas como yo no teníamos la suficiente destreza al volante para andar por estas complicadas carreteras mexicanas. Con la paciencia de un viejo profesor logró que yo entendiera sus sabios consejos, no para dejar de manejar, claro, sino sólo para corregir algunas imprudencias. Sus palabras quedaron en mí como una lección de vida.
Fue el hermano menor de mi querido amigo Arturo García Niño. Desde siempre y antes de conocerlo, me habló de su pequeño hermano con mucho respeto. Me narraba con entusiasmo sus hazañas playeras, llenas de tintes futbolísticos que lo situaban como un héroe trágico donde su destino lo guiaba a un futuro incierto lleno de aventuras. Sus travesías por el puerto de Veracruz lo hacían calificarlo como “un jarocho clásico”.
Admirador profundo de equipos argentinos y venerador del astro pampero con el que lo unía un hilo invisible que lo alejaba o acercaba según la circunstancia, decía tener cierta similitud con él en su destreza futbolera.
Víctor Manuel García Niño, conocido como Cuate, fue hijo predilecto del tres veces heroico puerto de Veracruz y consentido de doña Carmen Niño y don Manuel García.
A todas luces, un personaje de personalidad brillante y jocosa, estratega del medio campo, pasador y tirador certero con ambas piernas, hábil bailador de pasos finos y de ritmos tropicales, entusiasta conversador y guía inmejorable de bares, congales y sitios non sanctos. Proclive a la abundancia y a charlas interminables llenas de jarochismos inentendibles para quien no es de los rincones profundos del puerto. Hombre decidido y con luz propia, hacedor de sueños imposibles, promotor infatigable de proyectos de amor y amistad, leal entre los leales, galán y bien intencionado, sincero y de voz muy baja, casi inaudible.
Desde hace ya varias décadas, nos reunimos en casa de mi hermano Jaime un gran grupo de amigos una vez al año. El encuentro es en Tecolutla y nos ha dado por llamarle La Convención. Todos llegamos puntuales de distintos lugares de la república sin reparar en la distancia. Hace cinco o seis años, Cuate llegó con su hermano Arturo, sus sobrinos Arturito, Eder y Emiliano; en esos días vivía en Villahermosa. Después de abrazarnos y tomar las primeras cervezas como siempre, hablamos, cantamos y comimos a reventar. El murmullo y la cercanía del mar nos alentaba a platicar de nuestros proyectos en un entusiasmo propio de hombres maduros entrados en los cincuenta. Sólo que en esa ocasión, Cuate habló de algo extraño, una enfermedad recién se le había anunciado. Nos dijo:
–Todavía es un mal desconocido que no amenaza con violencia, es una leve atrofia que me impide tener una motricidad normal. Arrastro los pies al caminar y los movimientos de manos, brazos y cuello son lentos, las pausas son prolongadas; pero no es nada grave, seguramente es un virus de esos que salen y entran como Pedro por su casa.
–¡Pero no se me agüiten, caray! Esto no impide que bebamos hasta las agrias albas…
En efecto, así pasó todo el fin de semana que duran los encuentros en esa población al norte del estado de Veracruz, en la zona del Totonacapan.
Al igual que todos los que estuvimos con él, lo miré mal pero bien, yo sé que esto es un contrasentido, pero permítanme la posibilidad de aclararlo: mal porque en él ya se distinguían las huellas de una enfermedad que lo destruiría con lentitud; sin embargo, el buen humor lo conservaba intacto. Construía ideas y amasaba anhelos y deseos a los que se aferraba con fuerza y vitalidad, sin conmiseraciones, pero sin conceder, hablaba sujeto a su inexorable destino: la enfermedad de Parkinson.
El futuro sólo se puede construir desde el presente. Por lo tanto, el presente por muy negro que sea es siempre más importante que el futuro. Lo importante siempre es el ahora. La palabra futuro es como la palabra mañana: parecen muy importantes a primera vista, pero no lo son. Lo verdaderamente importante es el hoy. Y desde el hoy ir construyendo el futuro que ya está presente en el ahora.
Éste es mi pensamiento siempre que lo recuerdo, éste es mi pensamiento cotidiano desde que fui diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica.
Es difícil contar una historia que me llega en el fondo de la entraña, por la cercanía y por la similitud de nuestras afecciones, ambos con una enfermedad terminal de origen neurológico, él con enfermedad de Parkinson, yo con esclerosis lateral amiotrófica. Estas enfermedades matan desde el primer diagnóstico al afectado y también a sus parientes. Pasan algunos meses de incertidumbre, en laboratorios y médicos con diferentes especialidades en un desgaste anímico irrecuperable, hasta que finalmente llega uno al Instituto Nacional de Neurología, y es ahí donde escuchamos última palabra. ¡No hay nada qué hacer!
La vida se convierte entonces en una gran especulación. No hay remedio, nadie sabe a ciencia cierta de dónde vienen esos males que aniquilan lentamente y menos cómo curarlos. Ésa es la muerte más grande: el diagnóstico, después viene una o más bien muchas muertes chiquitas. Poco a poco se van apagando las luces: la familia se aleja, los amigos se esconden, la paciencia se les agota, viene un mundo de tinieblas y allá al fondo, la oscuridad total. En México, la seguridad social nos ha abandonado también; es más, ni siquiera sabe que existimos, no estamos en sus planes, en sus estadísticas, no hay investigación, no hay medicamentos, no hay nada… Pero no a todos nos va igual, hay quienes duran mucho sin saber por qué y a quienes se les apagan todas las luces de inmediato. Lo cierto es que somos miles de enfermos en el mundo.
Hay casos de heroicidad inigualable: un científico inglés que ha dado una batalla ejemplar contra la esclerosis, va por más de cuatro décadas con el mal y se sostiene como un privilegiado de la vida, pero la gran mayoría estamos olvidados, como los condenados de la Tierra. Una pequeñísima porción de seres inutilizados por la crueldad de la naturaleza, pero con la remota esperanza de que algo ocurra a la brevedad de nuestras precarias vidas.
Es mi obligación como ciudadano del mundo señalar este inconveniente de la naturaleza. Las enfermedades terminales son un lastre para la humanidad y los que las padecemos nos sentimos olvidados por aquellos que debían dar protección; me refiero al Estado y a las instituciones.
Un miembro de la Convención, Toño Heras, me dio la noticia indirectamente. Lo hizo a través de un texto que escribió en su blackberry y que Benjamín Sánchez leyó sentados a mi mesa esa triste mañana de sábado. No adiviné de inmediato de quién se trataba, pero a medida que el lector avanzaba y hacía referencias del personaje, intuí entonces que se trataba de Cuate. Algo terrible había sucedido. Cuando Toño me miró, noté en su rostro la amargura vidriosa de nuestra pérdida.
–¿Ya sabes de quién se trata verdad? Murió Cuate hace unos días. No sabía como decírtelo.
Mi mente se congeló como la fría mesa de cristal, mi ánimo no lo quiso registrar… mis recuerdos se fueron a otro sitio. Buscaron con obstinación y rapidez una imagen cálida de ese amigo, mi ídolo.
Su último día lo pasó tirado sobre el piso húmedo en un cuartucho, donde últimamente residía. Seguramente llevaba ahí uno o dos días inmóvil sin que nadie hiciera algo por él. Un vecino escuchó que se quejaba. Vino una ambulancia y los bomberos para abrir la puerta; todavía estaba vivo. Dicen que murió en el traslado, en la camilla de la ambulancia. Seguramente iba recordando sus afectos, sus quereres.
Seguramente ya había olvidado esos últimos años de pesares y dolor. Seguramente había recuperado las imágenes de su juventud victoriosa al lado de los que amó y lo amaron. Seguramente se fue con la dicha de ver el cielo limpio y las nubes ordenadas que cubren en forma de muralla su puerto adorado y ahora su última morada.






Rafa, a ver cuando escribes algo de cuando hacíamos teatro…
MUCHAS GRACIAS POR LAS PALABRAS QUE LE DEDICO A MI PADRE EL GRAN “CUATE NIÑO”, NO TENGO EL GUSTO DE CONOCERLO PERO POR LO QUE LEO ME DOY CUENTA DE QUE USTED FUE UN GRAN AMIGO DE MI PADRE YA QUE VEO LA MANERA HERMOSA DE CUAL HABLA DE EL Y DE UNA PARTE DE SU GRAN VIDA.
ATTE. PAULINA GARCÍA (HIJA)