Héctor García, el fotógrafo

…un tiempo que no es el nuestro, invisible, perpetuo y tan secreto como las voces antiguas que han quedado suspendidas para siempre, esperando quien las redescubra y reordene, en sus ondas.
Carlos Fuentes

Héctor García, fotógrafo.

No hay continente ni biblioteca ni bosque más fértil que la memoria de un solo ser humano, no hay tesoro más valioso ni más frágil: la muerte de alguien es siempre una catástrofe irreparable para el conocimiento. La memoria humana, la malla de neuronas y de materia cerebral que la sustentan se parecen en su precariedad al celuloide de las películas antiguas que puede arder y desaparecer en segundos, y al papel de los periódicos y de los libros de ahora, que durará incluso menos que nuestras propias vidas: las bibliotecas y las hemerotecas son, a la larga, depósitos formidables de polvo, almacenes de arena en los que no quedará ni una huella de las palabras que tanto nos importan.

David Alfaro Siqueiros, en la cárcel. (Foto de Héctor García)

Algunas veces, al mirar a alguien, al estrechar su mano, pienso en las cosas remotas que esos ojos habrán visto en las palabras cómplices que nos dijimos para almacenar en los recuerdos. Una fría tarde de noviembre, pude conversar con mi amigo, el fotógrafo Héctor García, quien para ese momento era ya un anciano saludable y enérgico. Jovial cuando estaba en público, reservado y como extraviado cuando se quedaba solo, como si no estuviera seguro de la ciudad ni del continente a los que pertenecía la cantina de nuestro encuentro. Habíamos platicado mucho antes de que varios amigos empezaran a llegar.

El lugar es una especie de salón familiar que permite tener cierta privacidad respecto de los comensales. Pero tuvieron que pasar algunas horas llenas de risas y palabras para que Héctor y yo volviéramos a la soledad de nuestro encuentro. Me levanté por necesidad de la mesa y cuando empujé la puerta del pequeño privado a mi regreso, lo vi sentado de espaldas al espejo, con las piernas separadas, absorto, vestido con aquel saco de pana café que se ponía para salir, y me di cuenta que para ese momento, ya no se acordaba de mí, y probablemente tampoco del nombre del salón donde tantas veces había comido y bebido con nosotros, sus amigos.

Demetrio Vallejo. Los años de la represión.

Me había contado momentos antes (como por tercera ocasión) la extraordinaria historia de cuando fundó en 1950 su agencia Fotopress en la que publicó, en días de desasosiego político-sindical con tintes comunistas, memorables fotos sobre la represión del movimiento ferrocarrilero encabezado por Demetrio Vallejo en marzo de 1959.

En tanto me miró, con una sonrisa educada y amnésica me estrechó la mano –como si acabara de llegar– y me dio las gracias por el libro que yo le había llevado sin recordar que apenas unos momentos atrás recién se lo había prometido. Un poco después, al salir de nuevo del privado, me volví para mirarlo, y me quedé unos segundos en la puerta sin que él lo notara: permanecía sentado con su sombrero de fieltro puesto –como listo para irse– acariciando una servilleta de tela con la que había limpiado el entusiasmo de sus nostálgicas palabras.

Ferrocarrileros en 1958.

En ese privado vacío con paredes llenas de carteles taurinos, testigo usual de vidas nómadas, me había dicho también que había perdido sus llaves, y con una graciosa carcajada, rubricando su confesión, me aclaró con desparpajo (y con el manojo de llaves en la mano) que la segunda cosa que se perdía con la edad era la memoria.

Pero sólo cuando aquella tarde me volví para mirarlo desde el umbral del salón, me di cuenta de que Héctor se encontraba tan extraviado en la geografía del mundo como en la de sus recuerdos, y me marché pensando en todas las cosas que se perderían cuando él faltase, las imágenes de su infancia humillada y segregada en la Candelaria de los Patos amarrado a la pata de cama para que no se saliera, la expresión de la cara de Faustino Souza (uno de los hermanos Mayo) cuando lo despertaba a las tres o cuatro de la madrugada para enseñarle una serie de fotos que apenas había revelado, el encuentro con don Fernando Benítez en la sierra Tarahumara cuando se fue a escribir Los indios de México, sus acalorados debates con Henri Cartier-Bresson cuando le dijo en una ocasión: “Estarás disfrutando la fortuna que te ha dejado la foto de Siqueiros en la cárcel, querido Héctor…” sin saber que no existían en México los derechos de autor que protegieran el trabajo intelectual. (Héctor se convirtió en el fundador).

El funeral de Frida Kahlo.

Yo miraba a ese hombre que, aunque hable de sí mismo, habla con voz suave y, como en segundo término, mueve las manos rozando continuamente las cosas que tiene cerca, con incertidumbre o nerviosismo, e imaginaba la posibilidad ilusoria de ver lo que él ha visto, de sentir lo que sintió, no sólo de enterarme de lo que cuenta o de entender las cosas que explica: ¿cómo era una noche de frío y miedo en medio de las balas y las botas de los militares reprimiendo? ¿cuáles eran las tonalidades de la luz cuando llegó por primera vez al Moscú de los años cincuenta? ¿Sería igual a la que lo convirtió en fotógrafo cuando la vio colarse por las rendijas de las tablas que hacían de puerta en su casa de infancia? ¿en qué medida sobrevive en uno mismo la sensación exaltadora de haber sido joven en el México de la post revolución?

La Mafia, en el bar La Opera.

Hubiera querido preguntarle cómo fue, era, la Frida Kahlo que conoció enredada en las juventudes comunistas, cómo percibía a Fuentes, a Monsiváis, a Cuevas.

Pero no podemos saber esas cosas aunque nos las cuente con los detalles más precisos quien las ha vivido, y tal vez por eso inventamos o leemos novelas para concedernos la ilusión de habitar con plenitud en otras conciencias ajenas a la nuestra.

De nada se aprende más que de los recuerdos de otros, pero la verdadera memoria es un secreto inviolable.

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