Bradbury, el inmortal

La mañana del 6 de junio despertamos con dos noticias que, como muchos señalaron en Twitter, estaban relacionadas: Venus pasó sobre la superficie del Sol y Ray Bradbury murió en su casa de Los Ángeles a los 91 años de edad. Sin embargo, habría que precisar: Bradbury, como varias veces vaticinó, murió sólo físicamente: el propósito de su escritura era la inmortalidad.

Para Ray Bradbury los libros no sólo eran conocimiento; también eran un camino hacia la inmortalidad: leer es vivir prestado; escribir, vivir a través de otros. (Foto de redes sociales)

En su novela fundamental, Fahrenheit 451, Montag, aquel bombero que vivía para provocar incendios, descubre flotando en un río por qué no quería volver a quemar un libro: el tiempo quema. El propósito de los libros es confrontar al tiempo, la gran fuerza destructora. Autor de más de una veintena de títulos, para Ray Bradbury los libros no sólo eran conocimiento; también eran un camino hacia la inmortalidad: leer es vivir prestado; escribir, vivir a través de otros. Nadie como él para ejemplificar el valor práctico de los libros: definitoriamente autodidacta, encontró su única educación en las bibliotecas, y ahí mismo encontró los medios para escribir: en el sótano de una biblioteca, redactó en nueve días el primer borrador de Fahrenheit 451 en una máquina de escribir rentada.

“No intento describir el futuro; intento evitarlo”, declaró en varias ocasiones. La relación de Bradbury con el futuro es, por lo menos, paradójica: Cuando publica Crónicas marcianas en 1950, el Sputnik era un sueño, Yuri Gagarin aún no era el primer hombre en el espacio y Neil Armstrong estaba lejos de pisar la Luna: el mayor poder de sus crónicas en aquel entonces era el poder del vaticinio. Un prudente Borges, en su prólogo a Crónicas marcianas, prefiere colocar con exactitud a Bradbury en la tradición de los profetas involuntarios antes que admitir que el único futuro posible del hombre está en las estrellas.

Porque, no hay que engañarse, para Bradbury y muchos científicos, el hombre sólo podrá rozar la inmortalidad cuando abandone la Tierra. Aunque murió desilusionado por la lentitud con la que nos aproximamos hacia Alfa Centauri, Bradbury presenció el avance agigantado de la informática y, por ende, de la robótica. Pude ver con sus propios ojos cómo Deep Blue, una computadora de IBM, derrotó en una partida de ajedrez al campeón mundial Kasparov una decisiva tarde de 1996. Recordemos igualmente, que su conferencia en la FIL de Guadalajara en el 2009 fue ¡vía satélite! Lo que para nosotros es habitar el presente, para Bradbury no sólo fue habitar el futuro; fue vivir en su imaginación.

Walt Whitman en “Yo canto al cuerpo eléctrico” declara, Borges de por medio, “¿y si el cuerpo no fuese alma, qué es el alma?” Cuando le encargaron un guión para La dimensión desconocida, Bradbury adaptó un cuento suyo titulado como el poema de Whitman. En él una abuela robótica cría a su nieto humano. Aunque los robots aún no tengan la capacidad de educarnos, todos conocemos a alguien que cuenta con un marcapasos o que tiene en algún lugar del cuerpo, en lugar de venas, injertos de plástico: ¡mi padre es un cyborg! Acaso nosotros también habitamos la imaginación de Bradbury: he ahí su inmortalidad.

Visto así, la inscripción correcta en la lápida de Ray Bradbury debería decir “22 de agosto de 1920-hasta que la humanidad desaparezca”. Porque Bradbury no estaba loco: sabía que tarde o temprano habremos de desaparecer: por eso nos llamó a aceptar que no hay futuro viable para nosotros sino en las estrellas.
La mañana en que Venus se llevó a Bradbury, releí “Vendrán lluvias suaves”, casi al final de Crónicas marcianas: en una casa donde los robots sobreviven a sus dueños humanos, se escucha un poema de Sara Teasdale: “y la misma primavera, al despertarse al alba / apenas sabrá que hemos desaparecido”: Bradbury también vaticinó su muerte física. Nos toca a nosotros impedir su otra muerte.

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