Sobre esparadrapos, votos y otras obviedades

Dice la sabiduría popular que “el pez por la boca muere” y creo, sin temor a equivocarme, que todos nos hemos sentido alguna vez identificados con esta frase. A cuántos no nos han pedido desdecirnos alguna vez, ¡cómo si fuera posible!, como si pudiéramos volver a tragarnos las palabras que escupimos sin remedio. Cuántos no hemos hablado de más o de menos, cuántos no hemos sido víctimas de los chismes o la indiscreción ajena o propia. En suma, las palabras pueden ser muy peligrosas.

Del “obio” a lo obvio. (Foto de Gullermo Ossa)

Sin embargo, me gustan. Me gusta, cual pirómana de las letras, jugar con fuego. Me gustan porque a pesar de Cervantes y Shakespeare, de la Real Academia de las Letras y los profusos diccionarios, siguen siendo animalitos salvajes; si se dejan domesticar es por elección propia, pero cuando quieren, son esquivas, como el sueño al asesino o el amor al solitario.

No es difícil deducir la importancia que confiero a las palabras; si fuera una persona más práctica no les habría dedicado una licenciatura y encima, una maestría. Sin embargo, está visto que por mucho que se estudien, el dominio absoluto de la lengua y la literatura es, literalmente, una misión imposible. Es cierto, ¡lo confieso públicamente!, no he leído todo lo que me gustaría haber leído, tampoco he leído todo lo que debería haber leído y, ésta sí es vergonzosa, todo lo que he dicho que he leído. También confieso (en detrimento de mi imagen) que ni mi ortografía ni mi redacción son infalibles.

Y sí, hasta hace ocho días no sabía qué diablos era un esparadrapo. Lo más terrible es que esta curiosa palabra que, sin mediar un diccionario, sugiere un bicho mortífero como aquel piojo mutante y desproporcionado de El almohadón de plumas de Quiroga, apareció en la obra de teatro que estoy dirigiendo y nadie en el equipo teníamos la más remota idea de qué se trataba. Alguien comentó que la ignorancia es terrible y tiene toda la boca llena de razón (y supongo que también de dientes, lengua y palabras).

Otro caso vergonzoso para los anales de mi autobiografía: el colmo de colmos. Hace unos meses, jugaba scrabble y… oh, sí… me cuesta decirlo, escribí “obio” sin “v”. Podría decir que fue para distraer al enemigo, ver si podía salirme con la mía pero mi hermano no cayó en la trampa. Podría decirlo pero no sería verdad.

Como atenuante y atendiendo a la obviedad de esta argumentación, a mí sólo me falló una letra pero hay casos, en los que un intercambio de palabras puede ser sencillamente fatal. Como llamar a un novio con el nombre del exnovio. Desde luego, hay circunstancias que agravarían este acto ya de por sí desaconsejable. Espero sepan a lo que me refiero. Los verdaderos fantasmas son los nombres. Sin lugar a dudas el peor lugar para confundir un nombre es una boda. Hace más de diez años asistí a una (iba como acompañante del invitado, así que no puedo saber el desenlace de esta truculenta historia).

Antes de empezar la misa, la novia pasó a confesarse. Inició la ceremonia. Los murmullos entre dientes y las falsas sonrisas de los congregados me hicieron saber que entre la concurrencia se encontraba el ex novio de ella, alguien incluso sugirió que la novia estaba embarazada y que el niño no era del flamante marido. Cuando llegó el momento para que el padre preguntara si Fulanita aceptaba a Sutanito por esposo, al cura se le revolvieron las ideas y en lugar de decir el nombre del futuro marido soltó el del exnovio. Una oleada de incomodidad y miradas furtivas al exnovio, novio y novia no se dejaron esperar. Nunca sabré si fue una coincidencia o el resultado inconsciente de la confesión.

En suma, uno debe de cuidar lo que dice, sobre todo en público y en los votos y esto me lleva a otra anécdota, sólo que ésta no la viví, me fue contada hace unos días nuevamente, los novios se encontraban, frente a frente, tomados de las manos, los ojos llenos de lágrimas, el corazón palpitando a tambor batiente, un futuro lleno de promesas como la que hizo la novia: “prometo serte fiel en la próstata y en lo adverso”. No tengo nada más que decir a este respecto. ¿Ustedes sí?

La gente encuentra usos curiosos a las palabras. Hay los que coleccionamos frases que leemos en libros o vemos en películas, por deporte, inspiración o para citarlas alguna vez. Una costumbre entre actores es repetir en las circunstancias más variadas, muchas sin paralelismo alguno con las descritas en el drama, parlamentos de algún personaje entrañable. Algunos doctores y abogados se regodean en su jerga para distinguirse de los mortales. Conozco una persona que coleccionaba palabras raras por cómo sonaban sin importar su significado: “lamelibranquio gesticulante” y otra que, como peina canas, ha decidido hablar en “decimonónico” figurándose un lenguaje exclusivamente formado por palabras de más de tres sílabas. Sugiero intenten formular alguna profusa manifestación literaria empleando únicamente el mencionado extravagante lenguaje. (Se me coló un artículo, sea pues).

Pero hablábamos de la peligrosidad de las palabras. Dicen que “la verdad no peca, pero incomoda” y de qué manera, a quién le gusta que vengan a vomitarle un montón de netas que prefería no haber sabido. Corazón tan blanco, una novela de Javier Marías, empieza con la frase: “no he querido saber, pero he sabido…”. Cuántos no hubiéramos preferido no saber, permanecer con el velo inocente de ignorancia, que nos hicieran el favor de aplacarnos con una mentira piadosa o de cortesía, como las llamo yo.

Los políticos lo saben muy bien (y los medios de comunicación), por eso inundan las calles de palabras falsas y promesas sin sentido, aunque sus mentiras distan mucho de ser piadosas o de cortesía. Como dice sabiamente mi padre, “De lengua, me como un taco”.

Conclusión: Cuidado con los votos, sean matrimoniales o en las urnas.

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