Cinco bodas y un funeral (II)

¿Se han imaginado su propio funeral? Sé que es algo siniestro, pero creo que muchos lo hemos hecho. ¿Se imaginan quién asistirá? (Foto de Stephen ONeill)
Boda 4
¿Dónde nos habíamos quedado? ¡Ah, sí! Los prolegómenos de la cuarta boda. Pues les decía que la ex primera familia política salió a callejonear y a nosotros nos asignaron nuestros cuartos. Desde que vi a mi ex prometido con su esposa e hija se me había instalado un nudo en la garganta que amenazaba con prontamente estallar en llanto. Irremediablemente ocurrió. Mi papá desesperado, me dijo que, ¿cómo era posible que llorara si ya había pasado tanto tiempo? Que yo había decidido no casarme con él, a qué venía tanto lagrimeo. “Pero si no lloro por él,” respondí con ese estertor propio del sollozante-mocoso. “¡¿Entonces?!” Contesté que lloraba por el otro, mi exesposo. Siguió un grito de incredulidad. “¿Cómo puedes llorar por ese imbécil?” Como la conversación no iba a ningún lado, les pedí que me dejaran sola y que los alcanzaría a cenar más tarde. Llamé a Dianita.
He aquí el gran misterio de la noche. No lloraba “exactamente” por ninguno de los dos. La visión de mi exprometido casado y con su hija puso, de alguna forma, en perspectiva mi vida. Yo me imaginaba que a estas alturas, mi vida sería más o menos como la suya, yo también estaría casada y con hijos y, sin embargo, en ese momento, ese sueño se veía muy pero muy lejano. Me había corroído la envidia por ver a una persona con la que alguna vez compartí anhelos y planes, lograrlos, mientras que yo me había quedado, al menos así lo pensé entonces, a mitad del camino. Me tranquilizaron, como siempre, las sabias palabras de mi gurú del otro lado de la línea.
Me sequé las lágrimas y bajé al restaurante. Mi familia in-extenso estaba sentada en una gran mesa: abuelita, tíos, primos, sobrinos, todos enterados de mi debacle existencial. Mi tía me dijo que me comprendía perfectamente y que esa noche había una botella esperándome en su cuarto. Deduje que comprendía mucho menos de lo que su buena intención creía. Empecé a escuchar toda clase de consejos y comentarios sobre el amor que no había sido. Cuando pedí un platillo que contenía aguacate alguien comentó que me iba a caer mal. Me salté la sobremesa y me fui al cuarto a ver la televisión.
Cuando llegaron los míos, nos enfrascamos en el segundo round sobre mi estado de ánimo, cómo me iba a ver al día siguiente, sobre mi tontería de mostrarme débil en un momento así. Mis hermanos y mis papás estaban furiosos y yo me puse como dicta mi signo del zodiaco, es decir, como leona enjaulada. Como suele ocurrir en los pleitos inútiles, hubo muchos gritos y muy poca comunicación. Decididamente nadie entendía por lo que estaba pasando la otra parte.
A la mañana siguiente se hicieron evidentes los estragos de la noche. Parecía que hubiera comido camarones descompuestos, tenía los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos. Mi hermana me increpó furiosa: “¡Ves, ahora pareces sapo, tenías que haber estado despampanante y mírate!” Tenía razón. Me instalé unos lentes oscuros, muy oscuros, como de guarro y así, medio a tientas porque no es que el hotel estuviera particularmente bien iluminado, llegué al restaurante en donde estaba nuevamente la ex familia política concentrada en sus hot-cakes. Esbocé una sonrisa saludadora.
Pedí un vaso con hielo y té de manzanilla para llevar y me retiré a mi cuarto a hacer lo posible por disipar la hinchazón. El menjurje y la experiencia maquillista de mi hermana hicieron lo suyo. Llegó la hora, salimos muy entaconadas (las féminas) y encorbatados (los muchachos) y en el pasillo del hotel, nuevamente los exes. ¡Sorpresa! Estaban en el cuarto de junto. “Algo me dice que escucharon todo el drama de anoche,” pensé, pero no quise decirlo en voz alta para evitar mayores contratiempos familiares.
Desde luego, presagiaba un día de particular dificultad, sin embargo, ya en la fiesta me divertía. Fui al baño y cuando salí, lo sentí caminando atrás de mí, llevaba a su niña en brazos. “Yo también te he extrañado,” me dijo. Se me pusieron los pelos de punta. Quizá debí decir que hacía mucho que había dejado de extrañarlo pero me pareció muy agresivo y que acabaría buscando un pleito innecesario. Le dije simplemente: “me da gusto que estés feliz, qué linda está tu niña.” Me contestó algo así como que yo también habría podido ser feliz. No respondí. Cuando volví al baño, ocurrió algo similar, entonces supe que el catching-up era casi obligado.
Acabamos platicando en una mesa. Su esposa, naturalmente, no estaba en ese momento, supongo que llevó a la niña a dormir. La conversación fue interrumpida por mis primos que sucesivamente y cada uno más borracho que el anterior intentaban evitar el desastre invitándome a bailar. No sé si esa conversación, después de tanto tiempo, era necesaria, quiero pensar que sí pero de pronto la atención dejó de estar en los novios y se centró en nosotros. Dijo que sabía de mi divorcio y, como quien no quiere la cosa, insinuó que eso no habría pasado si no hubiera equivocado mis decisiones diez años atrás. Me entristeció su rencor. Tampoco él entendía. Me pareció que no había aprendido nada en tanto tiempo. Finalmente, mi hermano interrumpió la conversación definitivamente.
Boda 5
Conforme la quinta boda, que ocurrió hace más o menos un mes, se aproximaba, aumentaba mi angustia porque pudiera repetirse algo de la anterior. Mi ex y su esposa polaca no se presentaron. Sin embargo, en la misa, me senté junto a la que fue mi suegra. Platicamos sobre las parejas de hoy, la falta de compromiso y como ya nadie se toma el matrimonio en serio. ¡Figúrense nomás!
El funeral
Cuando mi hermano interrumpió la conversación para sacarme a bailar y en realidad no nos dirigimos a la pista sino fuera de la fiesta en donde discutió conmigo, pensé que el funeral sería el mío. Sobreviví.
Alguna vez mi ex-prometido, cual político buscando candidatura, me dijo que si no volvía con él, lo diera por muerto. Mi psicólogo de entones anunció cual lúcida premonición que no podía hacer eso porque el día menos pensado nos podíamos volver a encontrar.
¿Se han imaginado su propio funeral? Sé que es algo siniestro, pero creo que muchos lo hemos hecho. ¿Se imaginan quién asistirá? ¿Quién llorará cuando ya no estén? A veces, morbosamente, me pregunto qué pasaría, si llorarían mi muerte. Ellos y los otros que han tocado mi vida. Si asistirían a mi funeral o si yo asistiría al de ellos. Me pregunto si lloraría, si no he llorado suficiente.
Lo más difícil de esta vida, eso que no puede enseñarse ni aprenderse, es decir adiós. Esas despedidas simples que no llevan panegíricos ni exequias. Esas que, por más preparados que nos sintamos, por más seguros de la decisión que hemos tomado, igual duelen.
¿No será que todos los abandonos, por pequeños sean, merecen sus honras fúnebres?




