Otredad

Tuvimos que caminar usando nuestras manos como ojos. Andábamos en la negrura más absoluta: ésa donde mientras más se dilata la pupila intentando captar un haz de luz, más se nos mete la obscuridad en el cuerpo. Nuestros pasos eran cortos, llenos de duda.

«Sólo yo no soy distinto a mí mismo». (Foto de Áron Balogh)


Caminábamos de perfil, para poder sentir las paredes no sólo en nuestros dedos, sino en el perfil de la cara, en la mitad del pecho, en el hueso derecho de la cadera, confirmándonos de la forma más banal: físicamente. Mis dedos recorrieron las heladas grietas que separaban un ladrillo de otro y no pude evitar pensar en nosotros, en todos los que me seguían: aglutinados, pero nunca realmente juntos. Separados por un delgado espacio que, paradójicamente, funcionaba como un extraño pegamento. De pronto, la fría piedra dio paso a la tibieza de la madera: habíamos llegado. Empujé la puerta y entramos.

No podría decir cuál era más denso: la obscuridad o el silencio. Ambos me pesaban enormemente. Presioné el interruptor y con la luz se hizo la palabra. Ariadna –a la par de que se encendía el foco- exclamó:

- ¿Qué vamos a hacer, Alfredo? Nos hemos quedado solos, aislados, ¿ahora qué?
El murmullo del grupo brotó inmediatamente, como una marabunta de silencioso apoyo.

-Al contrario, Ariadna –respondí con firmeza, acallando las tímidas voces-. Nos hemos quedado aislados porque no hemos eliminado suficientemente a los distintos.

-¿Cómo? –chilló Ícaro-. Hemos matado por años, por centenares. Todo nuestro cuerpo, nuestras fuerzas, han servido a ese propósito. Mi mente se ha secado de tanto pensar, no sólo en nuevas formas de exterminio, sino en quiénes deben morir. ¿Quién, quién más es distinto a nosotros? ¿Quién más no merece el privilegio de compartir nuestro mundo? ¡Todos aquí podríamos decirte un par de grupos que hemos exterminado por completo!

Voces indistinguibles comenzaron a alzarse:

  •         Musulmanes, budistas, cristianos.
  •         Negros, asiáticos, latinos, árabes.
  •         Obreros y artistócratas.
  •         Ancianos y niños.
  •         Capitalistas.

- ¡Escúchense! – vociferé-. Enumeran triunfos como si fueran niños en la escuela. Ni siquiera se dan cuenta de las obviedades que nublan sus victorias. ¿Ya se dieron cuenta de que voces femeninas y masculinas mencionaron los mentados triunfos? ¿De que algunos de ustedes son casados y otros no? ¿De que unos aprecian a Mozart sobre Beethoven, a Joyce sobre Woolf?

Se hizo el silencio, por un instante interminable. Todos voltearon a mirarse entre sí: eran distintos, irremediablemente distintos. Siempre habría una diferencia, cualquiera, que haría la purificación imposible. No tuve que convencerlos de nada: empezaron a matarse los unos a los otros, como estaba escrito en el Libro Único. «Sólo yo no soy distinto a mí mismo». No podría decir exactamente cuánto tiempo transcurrió, pero cuando volví a abrir los ojos, las llamas de mi individualidad estaban terminando de consumir mi último ápice.

También puede interesarte:


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>