Sobre buñuelos, pingüinos y parabrisas
A Rebeca, verdadera protagonista de esta crónica.
¡Vamos! No tienen que decirlo públicamente, pero ¡acéptenlo! Y acepten que se la pasaron bien. Es cierto, es sofocante, incómodo y riesgoso pero muy sexy. ¿Cuántos primeros besos, primeros roces, no ocurrieron al abrigo de un coche? Y eso que no vivimos en la época de los autocinemas. Alguna vez escuché a alguien decir, “¡si los coches hablaran, qué cosas no dirían!”Antes que los hoteles de paso, estuvieron los coches. Y no me refiero a su orden en la historia de la humanidad, en cuyo caso estoy prácticamente convencida que es exactamente al revés, hablo de ciertos menesteres y descubrimientos amatorios de la juventud temprana. ¿Quién no besó, fajó o hizo cosas peores (o mejores, según sea el caso) en un coche?
Piensen en su primer coche. A lo mejor no era exclusivamente suyo, quizá lo compartían con sus hermanos o era más bien un préstamo esporádico de mamá. Eso no tiene importancia, en todo caso era como un amigo, un wingman. ¿Cuántas andanzas y correrías no tuvieron un coche por cómplice? ¿De cuantos secretos no fue confidente? ¿De cuántos llantos callados con la lluvia golpeteando en el parabrisas no fue testigo?
Solíamos refugiarnos en esos coches. Ahí ocurrían las conversaciones más serias con nuestras parejas, lejos de los oídos y ojos de chismosos o chaperones. El radio sintonizaba Alfa, Rock 101, Radioactivo; adentro siempre había un cassette con las rolas de moda, había otro escondido en la guantera con nuestras íntimas favoritas, las que nos hacían llorar. Aguantaba de todo, siete, ocho o hasta nueve pelados hormonales se enredaban allí dentro y derramaban la famosa “caminera” en el asiento de atrás. La cajuela era una extensión del coche y la ampliación de la mochila, si buscabas debajo de los asientos podías encontrar las cosas más insospechadas, desde prendas, como calcetines (¡no piensen mal!), restos de comida, exámenes, cepillos con pelo ¡iak!, peines, cassettes con mezclas hechas por enamorados, dinero, credenciales, envoltorios varios, chicles, mapas para llegar a las fiestas, boletos usados de conciertos o del cine, plumas, cartas de exnovios (as), kleenex, fotos. Muchos perdimos cosas en los coches propios o de amigos, y no se crea que estoy hablando de la virginidad.
Hace algunos meses, un primo hizo una encuesta entre los miembros de la familia, preguntándoles quién era la conductora más peligrosa para la ciudad, mi hermana o su servidora. La respuesta más contundente fue que ambas. Somos famosas por nuestra proclividad a vernos envueltas en percances automovilísticos, tenemos nuestros récords y el primer coche de ambas —ese, el amigo— fue declarado “pérdida total” por acumulación de golpes. Sin embargo, en nuestra defensa debemos decir que el primer coche de mi papá fue atinadamente apodado “el buñuelo” porque estaba abollado por todos lados. Al parecer, la propensión a atraer otros coches, postes o a tener espejos laterales suicidas se cura con la edad, hoy por hoy el coche de mi papá no tiene un rasguño.
Comprenderán que no es extraño, entonces, que a la gente no le guste prestarnos coches a las hermanitas González, ciertamente a mis padres no les hace mucha gracia. A falta de préstamos, una de las dos optó por robar el coche de mamá, ya sabrán quién fue, yo soy un poco ñoña para eso.
Esa noche, mi hermana conducía el coche de mi madre. Mis papás se habían ido a Cuernavaca. Manejaba con cuidado suficiente para que su fechoría no fuera a ser notada al día siguiente cuando recibió una llamada a su celular. Era mi mamá. Después del obligado saludo, vino la pregunta, “¿En dónde está mi coche?” Fingiendo demencia, la chica respondió:
—En la casa
—¡Qué raro!, porque yo estoy en la casa y aquí no está mi coche.
—Voy para allá.
No había otra cosa que decir. Colgó, tragó saliva y se dispuso a enfrentar su destino. Mientras llegaba, mis padres elucubraban el castigo que merecía la oveja negra. Seguramente discutieron, hablaron de la traición a la confianza, la decepción, la inseguridad, los riesgos, la inmadurez, los choques, la preocupación, la mentira, etcétera. Se perfilaba un gran pleito, gritos, lágrimas, aporreos de puertas, objetos voladores no identificados, en otras palabras, se habían puesto los guantes y esperaban el momento para subirse al ring. Sonó la puerta eléctrica, la esperaban en la cocina. Desde la ventana vieron descender del automóvil a un gran pingüino. Mi hermana se encontraba adentro de la botarga pues era 30 de octubre e iba a una fiesta de disfraces. Su inusual atuendo desarmó a mi padre quien intentó en vano contener la risa para iniciar el regaño. Sin embargo no fue a la fiesta. Mis padres vieron como un gran pingüino con cabeza de rubia descocada subía trabajosamente la escalera con el pico anaranjado en una mano.
Prometí que el pingüino, quiero decir, mi hermana, sería la protagonista de esta historia y no faltaré a mi palabra. En otra ocasión, fuimos a McDonald’s en mi coche. Teníamos prisa así que pasamos al Automac. Ella ya estaba lista para una fiesta que tenía más tarde. Llevaba unos jeans entallados, unas botas con tacón de aguja y una preciosa blusa blanca, nueva. El pelo alaciado. Pedimos cuatro McTríos, mi hermano y mi novio de entonces nos esperaban en la casa. La bolsa con las hamburguesas y las papas estaba en el piso. Miss Werever llevaba en el regazo cuatro cocacolotas de esas que se hacen grandes por 3 pesos más.
La plática era muy entretenida, estaba distraída y no vi ese tope, pasé sobre él cual duquesa de Hazard. Los cuatro vasos rebotaron en el regazo de mi hermana, se tambalearon y salieron de su base de cartón, volaron por los aires y su contenido cayó encima de su blusa nueva y su pelo recién alaciado, y sobre el tablero, el piso y los asientos de mi coche. Me detuve y Rebeca empapada se bajó del coche a mentar madres y encabronarse a gusto por la tragedia. Me tomó minutos lograr que se volviera a subir para reanudar nuestro camino. Lloraba a mares, el berrinche es memorable, incluso pataleaba, pataleaba con sus botitas de tacón sobre el tablero, clac, clac y un golpe certero con el tacón de aguja en el parabrisas que de inmediato hizo ¡crack! El vidrio se quebró y las líneas se expandieron con velocidad desde el epicentro haciendo el dibujo de una telaraña. En ese momento, el llanto cesó. La miré, me miró. “Perdóooon”. Cuando no hay nada más que decir, no hay nada más que decir.
Después de una serie de eventos desafortunados, hace un par de semanas, el mecánico anunció que el coche de mi hermana era “irreparable”. Después de semanas de taxis, mi papá la ayudó a buscar un coche usado a buen precio. Y encontraron uno. La antigua dueña era una viejita que lamentablemente murió. En un arranque de humor negro sugerí a mi hermana que quizá el auto traía fantasma integrado. Lo sé y lo siento, fue un comentario insensible y fuera de lugar, pero puestas a pensar, mi hermana y yo discurrimos sobre la conveniencia de tener un fantasma (buena onda, claro está) en su coche, piensen en su utilidad para evitar mayores contratiempos: el ectoplasma automotor podría echarle aguas, ayudarla con las direcciones, así no tendría que distraerse para leer un mapa o buscar algo en la Guía Roji (aunque creo que mi hermana nunca la ha consultado en su vida), podría platicarle cuando estuviera cansada para que no se quedara dormida y espantar a los policías mordelones que la detuvieran. Un copiloto así se aquilata, como se aquilatan todos esos secretos que guardaron nuestros primeros coches cuando pasaron a otros dueños o se fueron sin remedio a un deshuesadero. ¡En paz descansen!





