Bajo la máscara
Así sonríes sin embargo, confiando otra vez en tu discurso,
mirándote pasar en tus estatuas,
flotando nuevamente en tus palabras.
José Carlos Becerra, Batman.
Para entonces, James ya se había teñido el cabello. Era el último detalle del plan. Todo lo demás estaba listo y en orden.
No miraría hacia atrás al cerrar la puerta del apartamento. Pues al hacerlo, más que irse, dejaba ciertos sentimientos allí mismo: el arrepentimiento, la retractación, el pesar. Los meses de insomnio surtieron efecto. Lo atormentaron con tal contundencia como para arrancarse del alma dichos sentimientos una vez acatada su decisión, una vez que pudiera cumplir a cabalidad el plan, como denominaba la operación. El estudio y el futuro doctorado en neurociencia eran parte del pasado, del mundo abandonado en su apartamento. Ya había adecuado este espacio para su partida. El ayer al que renunció quedaba, así, confinado física y mentalmente. En la vida se abren y cierran incontables puertas pero sólo unas cuantas permanecen en la memoria. Ésta era una de ellas.
Para cualquier persona, James parecía un chico promedio, vestido como estilan quienes no buscan llamar la atención con la ropa. Tenía tiempo sin rasurarse y aunque el vello no alcanzaba a consolidar la barba, el bigote y los puntos capilares alrededor del rostro acentuaban sus rasgos. De primera impresión se veía de unos treinta años. En esta ocasión, no obstante, quiso ser notado. Vestía de color púrpura. Y por otro lado, su cabello, teñido de naranja, lo hacía resaltar todavía más, un tinte deliberadamente elegido para desentonar con el pelambre de rubios y castaños, típico en Aurora. El panini de jamón y el agua mineral a la hora de almorzar aplacaron el hambre. Nadie podría sospechar que debajo de su atuendo, llevaba un chaleco blindado. Tampoco nadie imaginaba que en la mochila a sus espaldas se encontraban los artefactos para poner en marcha el plan: una Remington 870, dos Glock calibre 40, un fusil de asalto M&P15, todas debidamente cargadas, munición extra, dos granadas de gas lacrimógeno, un cuchillo y una máscara. Bastaron seis meses de freelance y trabajos transitorios para financiar la operación. Mientras se encaminaba al lugar de los hechos, James acariciaba el boleto de la première con una mezcla de ansiedad y templanza, agitado por satisfacer su propósito al pie de la letra y sereno porque el día indicado había finalmente llegado.
A las once y media de la noche del jueves, James se inmiscuyó en el cine Century 16. A pesar de la hora, el complejo estaba atestado. La horda de padres sometía a gritos el área de alimentos, deseosa de adquirir lo más pronto posible el mejor combo a disposición, mientras sus esposas e hijos aguardaban en la creciente fila. A ninguna persona extrañaría las decenas de niños disfrazados paseándose por el cine o intercalados en la misma fila, fanáticos que representan por un instante a otro, ya el modelo a seguir, ya una fuente de inspiración, ya el portador de ilusiones. Al filo de la medianoche se abrieron las puertas de la sala y la gente comenzó a entrar. Los muchachos de la recepción rompieron la entrada de James con naturalidad, incluso se codearon entre sí cuando advirtieron el conjunto púrpura y el cabello anaranjado porque a excepción de él no habían visto joven alguno disfrazado; con una expresión de seriedad sepulcral, además.
James escuchó susurros previsibles. Tales chicos se mofaron del estoicismo inusual en semejante personaje y, en vez de ponerlo nervioso, acaso porque habían intuido el plan, recordaría una y otra vez cómo le increparon las palabras Why so serious? Es más, le sorprendió que no revisaran su mochila. El aura de euforia en torno de la película jugó a su favor. De hecho, había un motivo de peso para prescindir de esa clase de minucias: detenerse a inspeccionar a los clientes tumultuosos e inquietos de un cine atiborrado implicaría una serie de protestas mucho peores que las que, por ejemplo, recibieron los empleados del área de alimentos y quién querría irritar a una hueste excitada. Desde luego, James no ingresó a la sala soda en mano o con palomitas bajo el brazo.
Como un bólido se dirigió a primera fila y, dada la costumbre de llenar primero las butacas de en medio y luego las más cercanas al proyector, no le costó nada escoger el asiento idóneo. Las luces se apagaron y colocó su mochila en el suelo. No atendió los quince minutos de comerciales previos ni tampoco la función en curso. Era hora de ejecutar el plan, el ansiado día estaba frente a él, olvidados el insomnio y la pesadumbre, una sensación distinta lo recubrió por completo: la trascendencia. Si bien había privado de sí todo dejo de remordimiento por lo que estaba a punto de cometer, aún retenía un momento capital de su pretérito. Los años universitarios cosecharon frutos: por supuesto así aprendió al respecto de aparatos diseñados para terminar vidas, pero lo sustancial, aquello por lo que optó por llegar tan lejos, consistía en el deseo de ir más allá, de apartarse del montón -como llamaba a la media-, precisamente, el impulso por trascender.
James recordó entonces que hace algunos años realizó una presentación en el campamento de ciencias de San Diego sobre la diferencia entre la realidad y la ficción. El límite entre una y otra es tan reducido como para confundirlas, incluso al grado de percibirlas bajo el velo de la ilusión, de la máscara. Se levantó y giró en dirección al público, que estaba absorto en la película, partícipe de aquel otro mundo. A causa de su embeleso, las personas colocadas justo detrás no cayeron en cuenta del peligro en sus narices. Al poco, James arrojó las granadas de gas hacia los espectadores, quienes ya se preguntaban si la figura era un añadido interactivo de la función. De inmediato el estruendo del fusil atestó la sala y unos cuantos cuerpos recibieron los impactos. El arma se atascó y por ende él debió valerse de los calibres menores para continuar con el plan. Acaso alcanzó a distinguir tres cuerpos cobijando otros tantos y a una chica desplomándose al unísono de otra, muchísimo más pequeña. El resto huía. El furor de aullidos acalló la propia película, proyectada todavía.
El humo lacrimógeno se esparcía sin concesión y James aprovechó para tomar sus cosas y largarse, algo resentido por el fusil defectuoso. No hubo necesidad de ponerse la máscara. Guardó las armas y con sosiego salió del complejo mientras la gente no paraba de bramar y el humo manaba de las puertas del cine. Las pisadas de James eran ya otras, parecían dejar huellas tras de sí, un eco de Eróstrato y de Behring Breivik latía en su corazón, y aún cabizbajo se fue alejando al tiempo de las patrullas bordeándolo todo, de los oficiales acomodándose automáticas al acecho, del pánico colectivo. Para entonces los sueños del ayer habían muerto: James ya no vería más a su amigo Ritchie en Los Ángeles para darse las buenas nuevas, no más sesiones de rol, ni partidos de soccer, ni mucho menos gozar de una máquina de raspados como desde hace tiempo anheló con entusiasmo. Y, sin embargo, se sentía distinto, como si naciera por segunda ocasión, como si la trascendencia lo tocara, lograr la página en la historia, el recuerdo en los otros, el abrirse paso a costa de los demás. Pensó en su apartamento, imaginó quién se atrevería a abrir la puerta que había cerrado. Se alejaba, sonrió sin ser visto, acariciándose la melena anaranjada, todavía con los ojos hacia el suelo, como ajeno del caos que había hecho estallar.




