La rebeldía de doña Antonia

Ahora que me dicen apenas si la recuerdo. Siempre viene a mi, cuando estoy generalmente en momentos de apuro. Ella siempre corregía errores, enderezaba torcidos y supervisaba malos entendidos, su lógica era casi exacta. Se guiaba por un instinto infalible que ya traía de fábrica, los hilos que movían su maquinaria eran en extremo finos y delicados, eso le daba una seguridad genuina, que la hacia dintinguir entre el bien y el mal mas allá de los clichés. Era austera y sobria, pero sobre todo justa, administraba escrupulosamente sus recursos sentimentales y los daba de una forma basta cuando se requerían.


Doña Antonia Castellón, era su nombre y también era mi abuela. Fue oriunda de puerto Real, un pequeño pueblo cerca de Cádiz, en la costa Andaluza. Vino a México con su familia en el primer decenio del siglo XX, llegaron a Toluca, capital del estado de México. Allí, su padre trabajó en la Cervecería Cuauhtémoc. Los datos que hay sobre su infancia son escasos y apenas dan un esbozo de lo que llegará a ser esta futura profesora.

De memoria doy estos datos, pues no hay constancias que verifiquen una realidad que ahora pretendo reinventar. La Toluca de aquellos días la imagino apacible y rural. No tengo idea de cómo pudo ser mi abuela de niña. Yo ya la conocí anciana, siempre enfundada en su eterno abrigo negro. Seguramente habrá sido feliz y afanosa en sus deberes y quehaceres. Su vocación de profesora la adquirió de su inclinación por el conocimiento y de su afán por la justicia, valor que cultivó con esmero y dedicación. No sé exactamente cómo llegó a la escuela Normal, pero sí que dejó sus estudios para casarse con don Juan Mulia (mi abuelo) jefe de una tribu compuesta de ocho vástagos; uno de ellos, don Jaime Mulia, quien con el tiempo llegará a ser mi señor padre. Todo esto ocurrió allá en Toluca, en un ranchito que le llamaban La Garcesa, propiedad de un cuñado de mi abuelo. Como pasa y pasará siempre la familia emigró al Distrito Federal por los años treinta: primero en la calle de Arista, en la colonia Guerrero y, después, se mudaron muy cerca de ahí, en Cedro ocho, colonia Santa María la Ribera.

Doña Antonia pasó muchos años en la crianza de sus hijos y volvió a la Normal ya en plena madurez. Habrá tenido cuarenta años cuando obtuvo su primera plaza como profesora. Entre labores domésticas y profesionales se llevó parte de su vida madura. Tuvo logros académicos de importancia y pasó por todo el escalafón magisterial hasta llegar a ser inspectora de zona. Según un documento hecho por un historiador y que lo tuvo como ponencia en un coloquio sobre educación, que se presentó en un foro internacional, mi abuela hizo un trabajo al que tituló Una Escuela Imaginaría. Su talento e imaginación la llevaron a proponer cómo ordenar un escuela primaria: con datos y gráficas emprende un recorrido por las entrañas de la educación, señalando atrasos y apuntando fórmulas más eficientes para hacer del sistema educativo un instrumento de progreso y libertad. También participó en un proyecto sobre la educación socialista y este llegó al presidente Lázaro Cárdenas, quién la felicitó: esto fue para la fundación del Instituto Politécnico Nacional. Su vida laboral estuvo llena de premios y gratificaciones pero, no sólo eso, fue luchadora social y participó en las huelgas magisteriales de 1958.

Ahora que la recuerdo, la veo frente a mi cubierta con su eterno abrigo negro. La recuerdo regañándome, corrigiendo alguna pifia escolar, con su lógica exacta y contundente, previniendo el futuro y atenuando el pasado, pero poniendo los pies firmemente en ese presente que en ese entonces me devoraba. En todas mis fechorías colegiales hacía acto de presencia, cuestionaba mi comportamiento y buscaba su razón de ser. Palabras más o palabras menos alguna vez me dijo: “Sólo se justifica la rebeldía cuando esta tiene una razón de ser; y esta siempre esta ligada a la justicia y a la libertad”. En su discurso mencionaba dos valores fundamentales: el bien y el mal, iba de un polo a otro, mencionando tropiezos y fracturas cual fuera el caso, era pragmática y las pulsaciones de su corazón las tenía perfectamente afinadas. En el 68 viajaba en un taxi que compartió con otras personas. Al cruzar por el casco de Santo Tomás unos estudiantes informaban sobre los acontecimientos recientemente ocurridos. Una pasajera los tachó de vagos y revoltosos. Mi abuela, de inmediato, la calló argumentando que esos jóvenes eran el futuro de México y que sus demandas eran justas y genuinas, además obligó al taxista a bajar a la reaccionaria. Este episodio lo cuento con mucha frecuencia pues me llena de orgullo su filiación izquierdista, que sin dogmatismos aplicaba en su vida cotidiana. Nunca la vi demasiado alegre, pero jamás insolente o hipócrita. Bebía anís y jerez, amaba el cine e iba con mucha frecuencia al hipódromo. Viajaba cada vez que podía y leía novelas románticas de un tal Rafael Pérez y Pérez, autor español demasiado cursi.

En 1978 murió un tanto cansada de tanto vivir. Se puso el pijama, dejó de comer y se quedó en su cama a dormir para siempre. De su prole maravillosa sólo quedan dos, los menores, en ese orden, Roberto Mulia Castellón y María de Jesús Mulia Castellón. Los nietos somos muchos y algunos ya son también abuelos, nos heredó un humor ácido que gozamos mucho entre nosotros. Estamos dispersos por todo el país, desde Tijuana a Chetumal.

Si ella viviera hoy todavía, de dos cosas estoy seguro: que yo hubiera terminado un doctorado y que ella sería una 132.

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3 comentarios a La rebeldía de doña Antonia

  1. GEORGINA GONZáLEZ MONTES septiembre 11, 2012 en 8:38 pm

    Muy bien Rafita, como siempre, muy buena tinta. Te adoro

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  2. JAIME MULIA áLVAREZ agosto 19, 2012 en 6:37 pm

    me gusto mucho eso de la abuela, la reveldía se justifica si es por libertad o justicia, la neta rescatas mucho de lo que en el fondo tenemos ahora sus nietos. Como sigo queriendo a mi abuela.

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  3. IGNACIO agosto 9, 2012 en 8:15 pm

    Saludos a Rafael “El Negro” Mulia por su ágil escritura

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