Los patriotas jesuitas
No existe lo inevitable en la historia. Todas las decisiones personales y colectivas tienen múltiples vertientes que determinan el desenlace. Por eso, el juicio de la historia es aplastante con sus actores y cae sobre la sombra pese al transcurrir de los siglos. Gracias a ello, los hombres de este tiempo y de los tiempos futuros pueden distinguir la luz de las sombras.
Ello me lleva a reflexionar qué hubiera sucedido si la Alta California, Nuevo México y los demás territorios (en total más de dos millones de kilómetros cuadrados) perdidos en la Guerra de 1846-1848 entre México y Estados Unidos, y anteriormente con Texas, hubieran alcanzado una mayor densidad demográfica y su justa representación en el gobierno mexicano de ese entonces, y qué escenarios se hubiesen presentando si hubiese existido una mayor politización y conciencia de identidad entre los criollos novohispanos al comienzo de la invasión napoleónica a España a principios del siglo XIX, lo que desencadenó la búsqueda de la independencia.
Estas y otras tesis se manejan en la obra teatral La Expulsión, que en una breve temporada (la cual concluirá el 12 de agosto en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón) se presenta en el Centro Cultural Universitario con más de 20 actores en escena.
Escrita por José Ramón Enríquez y dirigida por Luis de Tavira, esta puesta en escena hace referencia a la expulsión de los miembros de la Compañía de Jesús de los territorios de la Corona Española en 1767, por órdenes del rey Carlos III. Las escenas se reparten entre su casa de formación de Tepotzotlán (en donde actualmente se asienta el Museo Nacional del Virreinato); el Puerto de Veracruz, testigo del camino al destierro, con un memorable coro de exiliados que en mucho recuerda al Coro de Esclavos (Va, pensiero) del Nabucco de Giuseppe Verdi; Bolonia y Roma, Italia; un convento de monjas en Puebla; las cortes europeas, y, finalmente, de nuevo la Ciudad de México, ya en el México independiente, habiéndose restaurado a la Compañía por la Santa Sede.
Por momentos parecía que los asistentes nos encontrábamos en los pasillos de la Universidad Iberoamericana, dadas las constantes referencias a la orden de San Ignacio, cuyo himno, magistralmente interpretado por un ensamble coral de impecable técnica vocal, que incluyó poesía y música de la época, nos transportó a esa época en donde los jesuitas se constituyeron como la intelligentsia novohispana (con Francisco Javier Clavijero o Francisco Xavier Alegra a la cabeza) y, al igual que el pueblo hebreo, encontró su identidad en el exilio, pues se confrontó con la cultura dominante de su época y nació el celo por definir qué significa ser mexicano.
Los jesuitas se encontraron a sí mismos en la heroicidad pues, más allá de la hagiografía, llevaron su tradicional obediencia al Papa hasta el extremo de aceptar la humillación, la calumnia y su disolución misma, para renacer como lo transfiguran los Evangelios: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9, 24). Fueron congruentes a sí mismos, pues su signo de identidad lo vivieron hasta el límite.
Esa libertad de quien no se siente atado más que a su fe, los llevó a dialogar con el mundo, que en ese Siglo de las Luces y la Ilustración mostraba un marcado sesgo antirreligioso. Con su expulsión se rompió un empuje ascendente que pudo haber adelantado siglos a la Iglesia, afincado en la educación universitaria y en la labor misionera en tierras hasta entonces inhóspitas, y no condenarla a caminar desde entonces siguiendo los pasos de un mundo que cada vez se aleja más de ella.
No obstante los avatares narrados en La Expulsión y los que le siguieron pese a estar plenamente reconocidos por los pontífices en turno, dado que el método espiritual de San Ignacio (contenido en sus famosos Ejercicios Espirituales) fomenta el espíritu crítico y la indagación como forma de servicio y estudio, los jesuitas sobrevivieron y viven hoy con una acendrada conciencia social.
Basta voltear la vista hacia el quehacer que han desarrollado en los últimos tiempos en el pueblo latinoamericano: en México, con el movimiento #yosoy132, el cual nace precisamente en la Universidad Iberoamericana, y con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, cuando en un primer momento se adjudicó la personalidad del Subcomandante Marcos a un sacerdote de esta orden, y en Centroamérica, con su contribución con la Revolución Sandinista en Nicaragua, y en la Guerra Civil en El Salvador en la década de 1990.
En un momento de la representación, se esgrimieron los argumentos del déspota ilustrado para expulsarlos de sus dominios, y predominó aquel que desembocó en la justificación del regicidio, pues es el pueblo quién puede y debe liberarse de los malos gobernantes; es decir, la tesis de la legitimidad del poder y la soberanía popular. Muchos de los asistentes nos volteamos a ver, convencidos de que esta verdad nos resulta hasta hoy inadvertida.
No hay más, “ser jesuita es ser patriota”, concluyeron los histriones, y nunca mejor dicho que hoy. Ay, si viviera nuestro padre, San Ignacio…




